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Grecia y Roma

Para los griegos el áloe era símbolo de belleza, paciencia, fortuna y salud. En uno de sus tratados, Hipócrates describe algunas propiedades curativas del áloe : crecimiento del cabello, curación de tumores, alivio de disenterías y dolores de estómago.
Se dice que hacia el año 330 a. J.C., Alejandro Magno, herido en el asedio de Gaza (Palestina) por una flecha enemiga, vio como se infectaba su llaga durante el avance conquistador a través de Egipto y del desierto de Libia. Proclamado hijo de Zeus en el oasis de Amon, un sacerdote enviado por el célebre Aristóteles (su preceptor y mentor), lo untó con un aceite hecho a base de áloe que provenía de la isla de Socotra y que le curó la herida. Parece ser que fue también bajo el estímulo de Aristóteles que Alejandro Magno emprendió una expedición naval para apoderarse de la isla de Socotra y de sus plantaciones de áloe. En efecto se decía que el jugo de esta planta volvía a los guerreros invulnerables.
Para muchos orientales el aceite de áloe tiene la reputación de procurar sabiduría e inmortalidad. Los fenicios hacían secar la pulpa extraída de sus hojas en odres de piel de cabra y la exportaban por todo el área de influencia greco-romana.
Fue a lo largo de las guerras púnicas que los romanos descubrieron, sorprendidos, las virtudes del áloe. Sus prisioneros cartaginenses lo consumían en gran cantidad para curar sus heridas.
En el siglo primero de nuestra era, Celsius, uno de los precursores de la medicina, alabó también los méritos del áloe. En lo que se refiere a Dioscorides, médico griego que sirvió durante mucho tiempo en los ejércitos romanos, describía con entusiasmo en su De materia medica las propiedades del áloe.
Destacaba entre otras la virtud de hacer coagular la sangre de las heridas, de cicatrizar las desolladuras y las llagas abiertas, de curar los forúnculos, las hemorroides. Pretendía también que la pulpa fresca del áloe frenaba la caída del cabello y detenía las oftalmias.
Plinio el Viejo (23-79 d. J.C.) describe en su Historia Natural la original manera de curar la disentería inyectando áloe con una pera para lavativas.
 
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