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Recetas, propiedades curativas, aplicaciones, cuidados, cultivo e historia






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Edad Media y Renacimiento

En la célebre obra de medicina de la escuela de Salerno, Constantino el Africano y sus discípulos reconocen un puesto de honor a las virtudes terapéuticas del áloe.


Robert Dehin, en su libro Docteur Aloès (ver bibliografía), refiere estos famosos versos dedicados a la planta fetiche :

Seca una herida, aviva la carne
Del prepucio enfermo destruye el cáncer.
Purga el enojo de los ojos, la cabeza despejada
La oreja obliterada y la lengua cargada.
De un débil estómago reanima el vigor,
Frena la caída y la languidez del cabello.

Fue durante las Cruzadas cuando los guerreros cristianos de Occidente descubrieron las virtudes del áloe, que sus adversarios musulmanes consideraban como el remedio por excelencia. A lo largo de sus conquistas, los árabes aclimataron el áloe en Andalucía. Gracias a la pulpa del áloe los marinos españoles de la Santa María, diezmados por la enfermedad y la malnutrición, fueron salvados parcialmente, y aquello incitó a Cristóbal Colón a llamarlo el doctor en maceta. A partir de entonces los españoles transportaron siempre áloe a bordo de sus navíos.

Paracelso, el gran médico del Renacimiento, descubrió los méritos del áloe en Salerno, luego en España y en Portugal. En una carta dirigida a Amberg, habla en palabras veladas del misterioso y secreto aloe cuyo jugo de oro cura las quemaduras y los envenenamientos de la sangre. Pero fueron en especial los padres jesuitas portugueses y españoles quienes, siguiendo los pasos de los primeros exploradores, cultivaron el áloe en todas las colonias de América, de Africa y de Extremo Oriente, planta de la cual conocían las propiedades curativas. Los Indios convertidos lo llamaban el árbol de Jesús.



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