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Antigüedad

Las virtudes curativas del áloe eran ya muy conocidas en la antigüedad. Hechos auténticos, testimonios y relatos legendarios salpican su historia.
Parecen ser los sumerios quienes, en la época de los reyes de Akkad, hayan aludido por primera vez al uso terapéutico del áloe (musabbar) en unas tablillas de arcilla.
El áloe figura también en vasos pintados egipcios de la época arcaica. El Libro egipcio de los remedios del famoso papiro Ebers (siglo XV a. J.C.) menciona igualmente el áloe en fórmulas de curación que remontan quizá al tercer milenario antes de nuestra era.
Para los hindúes el áloe figura como una de las mejores plantas secretas del Atharvaveda, que lo apoda el curandero silencioso. En la Biblia encontramos su rastro en varios Libros sagrados: (Números, Cantar de los Cantares, Evangelios). En el Nuevo Testamento nos quedaremos con este pasaje del Evangelio según San Juan:

Llegó también Nicodemo, aquel que anteriormente había estado con él por la noche, con unas cien libras de una mezcla de mirra y de áloe. Se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, como acostumbraban a sepultar a los judíos.

En los tiempos de las persecuciones, los romanos obligaban a los cristianos a quemar incienso en sus templos como ofrenda a sus dioses. Para substraerse de esta obligación que les horrorizaba, algunas comunidades cristianas de la Iglesia primitiva (Edesa) reemplazaban el incienso oficial extraído de la aquilaria agalochus (madera del áloe) por incienso sagrado fabricado con áloe bíblico mezclado con mirra y benjuí
 
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