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El áloe era junto al agave una de las 16 plantas sagradas de los amerindios.
A menudo confundidas, aunque no pertenezcan a la misma familia botánica, sus hojas cocidas bajo las cenizas eran comidas, la pulpa fresca frenaba las hemorragias y cicatrizaba las heridas; fermentado, su gel amargo tenía la fama de calmar el vientre, limpiar los riñones y la vejiga, disolver los cálculos, quitar la tos, mejorar la expectoración y provocar la menstruación.
En la América precolombina, las jóvenes mayas se untaban la cara con jugo de áloe para atraer a los chicos como lo hacía en otros tiempos Cleopatra. Antes de salir a cazar o a la guerra, los guerreros se frotaban el cuerpo con su pulpa. Para los Mazahuas el áloe era la planta mágica por excelencia. Alejaba de toda enfermedad a todo aquel que lo comía, le daba la fuerza haciéndole venir el dios en él, concedía la lucidez al loco, al borracho y a todo aquel que no gozaba de buena salud mental. Una curiosa tradición maya afirmaba que si el pulque (vino del agave) vuelve loco, el vino del áloe cura la locura. Los Jíbaros lo habían apodado el médico del cielo ya que creían que la planta sagrada les volvía invulnerables.
El tictil o curandero era para los Nahuas el hombre un poco brujo que conocía las plantas poderosas y las plantas que curan. Curaba las heridas, las picaduras de insecto y las mordeduras de serpiente al untar las heridas con la sangre del áloe. Los Indios se quitaban la migraña aplicándolo con cataplasmas alrededor de la cabeza. Pero, como acabamos de ver, fueron los jesuitas quienes relanzaron verdaderamente el áloe en las colonias de América. Conocían las virtudes medicinales de esta planta que se cultivaba cuidadosamente en los monasterios de Andalucía.
 
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